Eugenia Lerner
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El sentido de la vida

© Serge Kahili King
Traducido por Leonardo Mambrín

 

En uno de mis escritos narré la historia de un hombre que buscó por todo el mundo a quien pudiera explicarle el sentido de la vida. Finalmente, luego de buscar persistentemente, encontró a un gurú en la cumbre de una montaña que le dijo: "La vida es simplemente un recipiente con cerezas.” Cuando el hombre se disgustó por la respuesta obtenida, el gurú dijo: “Está bien, la vida no es simplemente un recipiente con cerezas.”

El propósito de la historia era ilustrar el primer principio de la filosofía Huna: “El mundo es lo que uno cree que es”. Lógicamente, entonces, la vida significa lo que uno cree que significa. Esto último, sin embargo, no es ni gratificante ni muy esclarecedor. ¿Hay alguna mejor forma, o al menos más clara, de descubrir el sentido de la vida? Bueno, por supuesto que la hay, porque siempre hay otra forma de hacer las cosas (corolario del segundo y séptimo principio). Yo sugiero dos formas que describo a continuación.

La primera, sin embargo, requiere que renunciemos a la idea de que podemos expresar con palabras el sentido de la vida. El sentido de la vida se expresa mediante la vivencia misma de la vida, y no a través de un conjunto de palabras.

Sólo requiere detenernos a observar unos minutos para darnos cuenta que la vida es un proceso de cambio y crecimiento; adaptación y renovación; sanación y aprendizaje, creatividad y transformación. Cuando el proceso de la vida se expresa por si solo, libremente, la experiencia subjetiva deriva en una satisfacción física, emocional, mental y/o espiritual que varía en intensidad. Si uno se resiste fuertemente a vivir cualquier etapa del proceso de la vida, experimentaremos un dolor físico, emocional, mental y/o espiritual de diversa intensidad.

Existe una resistencia natural en la vida que juega el papel de agente de cambio, o catalizador, para mejorar el proceso. Es natural, por ejemplo, experimentar una resistencia inicial cuando algo en nuestra vida cambia, ya sea para bien o para mal. A pesar de la naturaleza del cambio, o incluso de como calificamos al cambio de acuerdo a su dimensión, lo que más importa en cuanto a los efectos que este cambio produce es la forma en la que respondemos a él. En 1967 dos investigadores de la marina de EEUU, llamados Holmes y Rahe, publicaron una escala de eventos positivos y negativos que abarcan desde la muerte del cónyuge hasta tomarse vacaciones o festejar la navidad solo, y trataron de establecer un relación entre el número y tipo de cambios que se producen en un año y el estado de salud de un persona al año siguiente. En un estudio posterior, la investigadora Suzanne Cobassa de la Universidad de Chicago notó que algunas personas con altos niveles de estrés no se enfermaron, mientras que otras que presentaban bajos niveles de estrés sí lo hicieron. Suzanne también notó que aquellas personas con altos niveles de estrés, que no se enfermaron compartían algunas de las siguientes características: plan de vida con prioridades definidas (3er. Principio); alto nivel de autoestima (5to. Principio); control de si mismos (6to. Principio); y orientación a la acción (7mo. Principio).

Para aclarar un poco más este concepto, los efectos negativos del estrés sólo ocurren cuando la resistencia inicial a los hechos es aguda (muy fuerte) o crónica (sostenida en un período de tiempo). Si aplicamos el concepto mencionado más arriba, esto podría tener lugar cuando una persona:

a)     carece de un plan de vida o prioridades;

b)     tiene un bajo nivel de autoestima;

c)      experimenta estar fuera de control; y

d)     solo reacciona, en vez de tomar acción.

Cambiar es parte del proceso de la vida, como así también lo es la resistencia al cambio. Eso es lo que crea una ola. El cambio es sólo un problema, y sólo causa dolor, cuando las reacciones son antinaturales, en vez de naturales. Una reacción antinatural, que sería mejor llamarla una reacción aprendida se resiste a la vida en vez de promoverla y consiste en una combinación o variación de miedo, furia o duda. Cuánto más miedo, furia o duda aplicamos a cualquier parte del proceso de la vida, mayor es el dolor físico, emocional, mental o espiritual que experimentamos. Resumiendo, si participamos más plenamente en el proceso de vida, entonces la vida tendrá más significado, y cuando vayamos en contra de ese proceso, entonces, la vida tendrá menos significado.

La segunda forma de descubrir el sentido de la vida se da desde una óptica diferente. En este caso, se asume que cuando la gente pregunta acerca del sentido de la vida, en realidad esta preguntando: “¿Cuál es el propósito de la vida?”. Y tras esa pregunta se encuentra escondida la siguiente: “¿Cómo puedo hacer que mi vida sea más significativa (importante, con sentido o más valiosa)?”.

Desafortunadamente, la mejor respuesta que puedo brindar a esa pregunta es empezar a hacer algo que uno crea importante, con sentido o valioso. Uno no necesita el permiso de nadie y no tiene que vivir de acuerdo con la idea que otra persona tiene acerca del significado de la vida, aunque a veces otras personas tienen buenas sugerencias. Será mucho más difícil empezar a hacer algo en la medida que uno:

a)     carezca de un plan de vida o de prioridades;

b)     tenga un bajo nivel de autoestima;

c)      experimente estar fuera de control; y

d)     solo reacciona, en vez de tomar acción.

Entonces, si este fuese tu caso,  puedes iniciarte en esto de darle más significado a tu vida si primero resuelves estos temas.

Si tu eres uno de esos personas atípicas que nacieron con un propósito claro, o si eres una de esas personas iguales de atípicas a quienes Dios, o los ángeles o espíritus le dijeron directamente que hacer (y tu creíste en esos mensajes), entonces ¡felicitaciones! Probablemente sólo estés leyendo este artículo por mero interés intelectual. Pero, si eres como la mayoría de las personas en el mundo, la mala noticia es que, aunque no es imposible que alguna fuente externa pueda algún día darte un propósito que consideres aceptable, lo más probable es que esto no ocurra. La buena noticia es que uno no tiene que esperar alguna fuente externa para decidirse. Por el contrario, uno puede, cuando así lo desee, armarse de coraje, respirar profundamente, tener mucha fe, y elegir su propio propósito.

Entonces, amigo, ¿Cómo estás tratando hoy a la vida?

 

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